(este artículo se publicó originalmente en el diario 20 minutos el día 19 de agosto de 2025)
No se si está en la naturaleza humana o si lo ha acelerado las redes sociales, pero no nos gusta ser menos que nadie.Este verano lo hemos visto al abrir cualquier aplicación en el móvil. La mejor puesta de sol, la foto en una paradisíaca playa, los espectaculares fuegos artificiales, la paella más rica y por supuesto la foto del barco. Todo protagonizado en primera persona por amigos y conocidos. Vamos que es difícil encontrar a alguien que no haya subido a sus perfiles sociales esos momentazos. Todos somos como los famosos/influencers y sus vidas de lujo. ¿Acaso lo dudabas?
Y a pesar de que la realidad es otra y como personas de carne y hueso no todo es felicidad en nuestras vidas, por alguna razón exclusivamente contamos signos de que la vida nos sonríe. Aunque no sea verdad. Da igual. Lo importante es lo que parece. Y hacemos lo que sea para que sea así. Si al final no probé la paella o me monté en el barco de alquiler solamente para la instantánea, es lo de menos.
Hemos entrado en una carrera frenética por estar en los sitios instagrameables, lo de menos es si me lo paso bien, me lo puedo permitir o miento como un bellaco. Y esto no sólamente se aplica al turismo sino también al exhibicionismo creciente del desempeño profesional en la redes temáticas.
No es nuevo. Impostar una vida es viejo. El añorado Mario Vargas-Llosa se fajó como novelista en los años 50 del siglo pasado, escribiendo -en su época del colegio militar- cartas de amor para sus colegas. No eran originales del amante firmante pero funcionaban, igual que el filtro de los retratos que subimos a redes sociales y que hace posible una primera cita o ese título académico fake del político de turno que adorna su curriculum el día de su toma posesión.
Nos resistimos a no ser perfectos y en lugar de asumirlo, jugamos a aparentar serlo. Lo malo es que acabamos creyendo nuestras mentiras... hasta que un día la verdad nos explota en la cara. No viajamos tanto, no somos tan guapos y no hemos estudiado lo suficiente.
Internet (y la ciencia) nos permite ahora saber que si tengo mejor físico o más estudios tendré más éxito en la vida. Y en lugar de optar por el esfuerzo de conseguirlo, acabamos buscando atajos, aparentes mentirijillas sin importancia como tunear ,ya sea mi foto de perfil o mi curriculum. Pero el tuneo es eso, un apaño que dura poco y acaba exhibiendo la cruda realidad: tengo michelines y sólo el graduado escolar.
La perversión del mundo actual es que gracias a la inmediatez de la redes sociales hemos llegado a pensar que podemos engañar a todo el mundo y precisamente es lo contrario. Hoy es imposible mentir sin ser descubierto. A pesar de los incentivos para hacerlo (los likes o las palmaditas en la espalda de los conmilitones) siempre se acaba sabiendo. Por eso, en pleno verano de postureo viajero, directivos simulando que leen diez libros en agosto y de la angustia de miles de políticos que creyeron que una carrera universitaria es como un post que puede editarse, conviene tener claro que más vale perder seguidores que la dignidad.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC