domingo, 25 de enero de 2026

La paradoja del envejecimiento español

(este artículo se publicó originalmente en el diario El Mundo el día 23 de enero de 2026)


España ha mejorado de forma apreciable la situación laboral de las personas mayores de 55 años en los últimos cinco años. Hoy hay más activos sénior, más empleo por cuenta ajena, más autómomos que en el pasado reciente y más mujeres mayores trabajando. Son algunos de los hallazgos del V Mapa de Talento Senior que hemos tenido el honor de dirigir. Sin embargo, este avance convive con una realidad incómoda: el país continúa infrautilizando una parte sustancial de su talento más experimentado, justo cuando el envejecimiento demográfico convierte esta cuestión en uno de los grandes retos económicos y sociales del presente.

El cambio es real y conviene reconocerlo. Trabajar más allá de los 55 años ya no es una rareza estadística. Cada vez más personas prolongan su vida laboral, ya sea por necesidad, por deseo o por ambas razones a la vez. El problema es que este progreso se produce con demasiada lentitud y de forma desigual, y sigue chocando con un mercado laboral que expulsa con facilidad a quienes superan determinadas edades y dificulta seriamente su reincorporación como acaba de verse con el ERE de Telefónica.

Uno de los datos más reveladores del momento actual es que hoy hay más ocupados sénior que jóvenes ocupados en España. Este hecho suele interpretarse desde una lógica de confrontación generacional que no solo es errónea, sino también estéril. No se trata de que los mayores “ocupen” puestos que deberían ser de los jóvenes, sino de que el sistema sigue siendo incapaz de integrar bien a unos y a otros. El verdadero problema no es quién trabaja más, sino por qué el mercado laboral español funciona tan mal en los extremos de la pirámide de edad. Toda una paradoja: el mercado laboral envejece pero no utiliza esos activos que acumulan experiencia y mantiene ociosas a las nuevas generaciones.

La comparación con Europa resulta especialmente ilustrativa. Aunque España ha avanzado, sigue muy por detrás de países como Alemania o Suecia en tasas de actividad de las personas mayores. Y, sobre todo, presenta una anomalía persistente: uno de los mayores volúmenes de desempleo sénior en términos absolutos entre sus países comparables. En España, perder el empleo a partir de los 55 años continúa siendo, en demasiados casos, el primer paso hacia una exclusión laboral prolongada, cuando no definitiva.

Ante este escenario, muchos profesionales optan por el autoempleo como única vía para seguir activos. El incremento del trabajo autónomo sénior es notable y refleja tanto la capacidad de adaptación de las personas, como las carencias del mercado laboral. Uno de cada tres autónomos en España son sénior, hasta superar el millón de efectivos. Sin embargo, el predominio del autoempleo sin asalariados muestra también los límites de esta solución: no todo puede descansar en la iniciativa individual cuando el problema es estructural y afecta al conjunto del sistema productivo.

Es verdad que el discurso empresarial sobre el talento sénior ha cambiado de forma notable. Hoy casi nadie reconoce abiertamente que la edad sea un obstáculo para contratar. Pero las prácticas reales cuentan otra historia. Una parte significativa de las empresas sigue sin contemplar a los profesionales sénior en sus procesos de selección, atrapada en modelos de carrera rígidos y lineales, en esquemas de organización del trabajo que no adaptados a los mayores y en inercias culturales difíciles de desmontar. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace sigue siendo demasiado grande.

Este contexto plantea retos claros en tres niveles. En primer lugar, para las propias personas, que deben asumir que una vida más larga exige, en muchos casos, vidas laborales también más extensas si se quiere garantizar un nivel adecuado de recursos que sostengan el bienestar a lo largo de todo el ciclo vital. En segundo lugar, para las empresas, que necesitan replantear en serio sus políticas de gestión de personas, revisar sus percepciones sobre el talento sénior y adaptar modelos de carrera, formación y la propia organización del trabajo a plantillas cada vez más diversas en edad. Y, en tercer lugar, para las administraciones públicas, que están obligadas a ajustar sus políticas públicas a esta nueva realidad demográfica y laboral: dificultando las salidas anticipadas del mercado de trabajo, alineando los incentivos con la prolongación de la vida activa y aprendiendo de lo que ya hacen otros países europeos con mayor participación laboral de las personas mayores.

Las proyecciones demográficas también dejan poco margen para la complacencia. En los próximos años habrá más séniors y estarán más dispuestos a trabajar más años. Pero si la tendencia de los última década se mantiene, el talento senior seguirá sin ser aprovechado en nuestro país.

El reto del talento sénior no es, en esencia, un problema demográfico. Es un problema social. En los próximos cinco años habrá muchos más sénior capaces de seguir aportando a su país, pero faltarán proyectos empresariales que sepan aprovecharlos y políticas públicas que lo hagan posible. Ahora, por tanto, toca pasar del reconocimiento retórico a la integración real del talento sénior. No porque sea de justicia, que lo es, sino porque es condición necesaria para la competitividad económica y la sostenibilidad de nuestro estado del bienestar en una España que, gracias a Dios, va a vivir cada vez más años.

Iñaki Ortega es doctor en economía, Rafael Puyol es doctor en geografía y Alfonso Jiménez es doctor en psicología

lunes, 19 de enero de 2026

Antes de que te rindas

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 19 de enero de 2026)


Siempre pasa. Empezamos el año jurando que vamos a cumplir con esas promesas pendientes. Adelgazar, cambiar de trabajo, estar de mejor humor, leer libros, hacer pesas, dedicar tiempo a la familia o abandonar las redes sociales. La ilusión de poder llevar a cabo estos deseos es parte de la motivación para afrontar la rutina tras el descanso navideño. Pero dura poco. Según la universidad de Ohio, a casi la mitad se les esfuma antes de que termine enero. Por eso, si estás dentro de esa mayoría que está a punto de desertar de los sueños para 2026 te animo a que sigas leyendo.

La motivación ha sido objeto de numerosos estudios durante los dos últimos siglos. Los más brillantes pensadores han querido desentrañar la razón última por la que se mantiene o bien se pierde. Con la revolución industrial y el auge de las empresas como actor económico y social, investigadores especialmente americanos retoman las teorías clásicas de la voluntad de Aristóteles para intentar explicar la razón por la que grupos con capacidades similares obtienen resultados diferentes.

La respuesta está en la motivación, aquellos que mantienen una energía para cumplir con sus objetivos se convierten en equipos de alto rendimiento. Y cuando esa fuerza de voluntad es constante y en la dirección adecuada, el óptimo desempeño se consigue y marca la diferencia con los que claudican a las primeras de cambio.

Estos días de enero -nos dicen esas investigaciones- son los peores para mantener la palabra dada con nosotros mismos a principios de año. En el mundo hispanohablantes lo llamamos 'la cuesta de enero', perdemos la fuerza y empezamos a soltar lastre (de ilusiones) para llegar a fin de mes. Los anglosajones hablan de 'la tristeza de enero' que tiene su expresión máxima hoy lunes. El tercer lunes de este mes es el día más triste del año. Lo tienen claro, dicen que se junta el mal clima, las cartera vacía tras las fiestas y que desertamos de los deseos de nochevieja.

Ya sabemos que además en este 2026 todo se ha puesto en contra, el sol que no sale y un frío que pela; la locura de la geopolítica o la cepa de la gripe, pero si desaparece la motivación todo será mucho peor, aunque el incentivo de abrir la nevera, coger el móvil o vivir enfadado sea casi invencible. Sin metas a las que llegar, jamás mejorarás. Sin un objetivo, no hay resultados. Sin un horizonte, solo se deambula.

"Empezar es la mitad del camino" dejó escrito hace dos mil años Horacio, el poeta de la Roma clásica. Por eso, si sobrevivimos con nuestras ilusiones intactas a este lunes, a esta semana y a este mes, tendremos casi al alcance esos anhelos que tanto necesitamos. No creo que seamos mucho mejores cumpliendo todos y cada uno de esos deseos, pero sí tengo claro que luchando para conseguirlos y no tirando la toalla a la primera de cambio, estaremos mucho más preparados para lo que venga. Porque, visto lo visto, no es época de pusilánimes sino de audaces.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 12 de enero de 2026

Las lecciones de la East Room

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el día 12 de enero de 2026)

La reunión de hace unos días del presidente Donald Trump con las empresas petroleras ha dejado algunas enseñanzas más allá de la crisis venezolana. En la Casa Blanca estaban convocadas los primeros ejecutivos de las principales empresas petroleras con intereses en Venezuela. Apenas unos días después de la detención de Nicolás Maduro y su puesta a disposición de la justicia americana, el presidente americano quería trasladar a las compañías sus planes para el petróleo venezolano y de paso conseguir compromisos de inversión para modernizar las obsoletas infraestructuras. En la mesa de la East Room, justo en el extremo contrario del despacho oval, estaban sentados 17 directivos de la energía, la gran mayoría americanos y un sólo español: Josu Jon Imaz, CEO de Repsol. Uno a uno fueron interviniendo, hasta que llegó el turno del de Zumárraga que con solvencia trasladó la potente presencia de su compañía en Estados Unidos para a renglón seguido comprometer millonarias inversiones en Venezuela además de recordar ante el mísmismo Trump, las deudas del régimen bolivariano con su empresa.

La valentía y al mismo tiempo templanza de este ejecutivo español en la reunión más importante, sin duda de su carrera, nos recuerda la necesidad de afrontar con herramientas los momentos de la verdad. Imaz se apoyó en una exquisita formación en energía con un doctorado en polímeros y una licenciatura en ciencias químicas, pero también en su experiencia en reuniones de este tipo tras años de servicio público como consejero de industria del gobierno vasco, eurodiputado y presidente del PNV. Cocinero antes que fraile, reza el refrán español.

Hoy que la profesión de político pasa por sus horas más bajas y nadie en su sano juicio quiere dedicarse a la cosa pública, el éxito del CEO de Repsol ante Trump pone en valor la experiencia adquirida por años de servicio en la gestión pública. Es difícil encontrar un momento de la historia reciente dónde lo público haya tenido tanto impacto en los negocios como el actual. No es solo la crisis venezolana o la guerra de Ucrania y su efecto en los precios de la energía, sino que tras la pandemia todos los gobiernos han implementado mecanismos de control de la actividad privada para proteger la soberanía nacional. Por eso es tan contradictorio subestimar -cuando no estigmatizar- la experiencia política. Urge en las compañías disponer de perfiles directivos con trienios en la administración, con miles de horas de negociaciones partisanas y dominio de las prácticas legislativas.

Es preciso huir de las identificación de la clase política con los casos recientes de corrupción como todo lo que tiene que ver con el exministro Ábalos, Koldo o Cerdán. Por supuesto que son deleznables, pero con o sin esas manzanas podridas, el peso de lo público sigue creciendo -aquí y en todo el mundo- e interviene cada vez más en el desempeño empresarial. Impuestos, permisos para fusiones y adquisiciones, nuevas normativas, pero también prohibiciones para comerciar con determinadas geografías, aranceles o acuerdos como Mercosur, afectan al día a día de las empresas que necesitan profesionales que dominen esas disciplinas que no se aprenden en escuelas de negocios sino en con años de gestión pública.

No son puertas giratorias, son trayectorias multidisciplinares que -y esto no es nuevo- los mercados valorarán. Imaz no es el único, aunque apenas se recuerden otros. El presidente de ACS, la empresa de construcción líder en el planeta fue antes directivo del Ayuntamiento de Madrid. El primer ejecutivo de Balearia, la empresa de referencia en el trasporte de personas en el Mediterráneo tuvo responsabilidades públicas en su consistorio, Denia. Por no hablar del funcionario Pablo Isla, abogado del estado considerado durante años el mejor directivo del mundo por su paso por la presidencia de Inditex o Soraya Saenz de Santamaria y Trinidad Jiménez con impecables carreras en el mundo privado tras su paso por la política.

Exactamente que los mercados han premiado esos desempeños, los electores a lo largo de la historia también han valorado esa capacidad de conocer los dos mundos, el empresarial y el público. El alcalde de Nueva York durante dos décadas, Michael Bloomberg, venía de crear la empresas más importante de información financiera. Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa había tenido una brillante carrera en la banca de inversión por no hablar del propio Trump que construyó su carrera política sobre el éxito de sus empresas homónimas o Mauricio Macri en Argentina y el fallecido Sebastián Piñera en Chile. Por no hablar de destacadas mujeres como Janet Jellen de la reserva federal o Christine Lagarde del BCE buenos ejemplos de directivas de nivel que dieron el paso a lo público.

No es fácil porque la corriente mayoritaria es despreciar todo lo que tiene que ver con la política. Un hecho que retroalimenta que lo público se desprestigie ya que los mejores talentos, por lo anterior, huyen de los partidos políticos como gato escaldado del agua hirviendo. El éxito de Imaz en la Casa Blanca ojalá ayude a cambiar esa tendencia y que las mejores mentes vuelvan a ver en la gestión pública una forma de servir a su país y de paso también perfeccionar sus carreras profesionales y las de las empresas.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

miércoles, 7 de enero de 2026

La palabra de este año

 (este artículo se publicó originalmente en el diario 20 Minutos el 6 de enero de 2026)

El arte de persuadir con la palabra, así definía Aristóteles la retórica. Platón incluso hablaba con recelo de esa técnica que permitía cautivar el alma usando palabras. La Biblia continuamente habla de la palabra revelada —el Verbo— como sinónimo del mismo Dios. Siempre la palabra. Siglos después, con tantos avances tecnológicos, sigue siendo la palabra la herramienta más poderosa. Si para los griegos las palabras eran la clave para vivir en sociedad y encontrar la verdad, para nosotros hoy son exactamente lo mismo.

Las palabras nos definen, son la clave para afrontar cualquier reto. También en este año 2026 que acaba de empezar, por mucho que evolucione la Inteligencia Artificial —que lo hará—no dejarán de ser importantes las palabras. Nos acercan. Nos separan. Nos retratan y a veces nos engañan. La Fundéu acaba de considerar “arancel” la palabra del pasado año. Sobran las explicaciones.

Donald Trump repitió la palabra petróleo más de veinte veces para explicar la “detención” de Nicolas Maduro en Venezuela, quizás para volver a conseguir que una palabra que sale de su boca sea la más usada de nuevo este año. El presidente Sánchez ha dicho la expresión “me renta” con profusión en los últimos días, bien en mítines o en TikTok, para de esa manera acercarse a un público adolescente con su propia jerga. También en estas fechas utilizar la palabra Navidad etiquetaba a quien la decía frente al que optaba por el término más genérico de Fiestas. En mi tierra sigue retratando usar la palabra español, por eso muchos prefieren decir estatal…al extremo de generarse situaciones tan ridículas como referirse a la selección española de cualquier deporte como el equipo estatal.

Aristóteles se quejaba profundamente de los que usaban la palabra (logos) para engañar. Eran los sofistas que, con el paso del tiempo, bien podríamos hoy llamarles populistas. Palabras como la libertad o la paz siempre han acompañado a los mayores dictadores de la historia, aunque sus hechos hayan sido justo los contrarios.

La palabra como herramienta de manipulación social. Esos populistas siempre usan falacias, o si se prefiere, argumentos aparentemente lógicos que esconden trampas. No a la guerra; los de arriba frente a los de abajo; devolver el poder al pueblo; no dejar a nadie atrás; nos roban el futuro o nos merecemos un país mejor. Suenan bien, utilizan palabras mágicas porque conectan con los sentimientos del pueblo (ethos) y despiertan pasiones (pathos) pero ocultan la complejidad de llevarlas a la práctica. Son poderosas esas palabras porque nadie puede oponerse a ellas, ¡acaso alguien no quiere vivir en paz o que todo el mundo no sufra! Estamos avisados, pero aun así caemos en la trampa, hace dos mil años y en las últimas semanas también, a modo de ejemplo que alguien me explique esa reciente obsesión por atacar a los mayores para defender actuaciones contra la precariedad de los jóvenes.

Termino, porque ahora que el diccionario acaba de admitir nuevas palabras y me temo que será una fiesta: llegará todo una profusión de nuevos términos en los discursos públicos. Loguearse, marcianada y hasta bocachancla han sido aprobadas por la Real Academia de la Lengua Española. Así hasta más de 300 nuevas palabras que han recibido el aval de los árbitros de la lengua castellana y podrán utilizarse para bien o para mal en el sentido aristotélico. Habrá que estar atentos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC