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miércoles, 25 de febrero de 2026

Talento senior en una población laboral envejecida

(este artículo se publicó originalmente en la red académica The Conversation el 23 de febrero de 2026)

En los últimos cinco años, la situación laboral de los trabajadores sénior en España ha experimentado una mejora clara y sostenida. Hay más personas mayores de 55 años activas, más empleo y, en términos relativos, menos desempleo. Sin embargo, estos avances conviven con una realidad menos alentadora: España continúa desaprovechando una parte relevante de su talento más experimentado, justo cuando el envejecimiento demográfico convierte esta cuestión en un reto económico y social de primer orden.

Los datos más recientes sobre este sector del mercado laboral, analizados en el V Mapa de Talento Senior del centro de investigación Ageingnomics de la Fundación Mapfre, permiten observar ese cambio con perspectiva. Entre 2019 y 2024, la evolución ha sido positiva en la mayoría de los indicadores, pero el análisis agregado revela una paradoja persistente: el sistema mejora, aunque no lo suficiente para responder a la magnitud del desafío demográfico que afronta el país. Esta paradoja ya había sido identificada en ediciones anteriores  y en otros informes institucionales sobre la situación de los trabajadores de más edad en España y Europa.

El sénior quiere alargar su vida laboralLa población sénior –de entre 55 y 69 años– ha crecido en más de un millón de personas en los últimos cinco años. Lo relevante no es solo ese incremento, sino que también han aumentado en más de un millón los séniores en activo. Esto indica que si antes una parte importante de la población dejaba de estar en activo al alcanzar esas edades, quienes ahora superan los 55 años siguen dispuestos a trabajar.

Las tasas de actividad y de empleo han aumentado en todos los subgrupos del colectivo hasta superar, por primera vez, el 50 % de actividad total de este sector demográfico. Recordemos que la tasa de actividad se refiere a la población activa –aquella en edad de trabajar (estadísticamente, los mayores de 16 años) que puede estar empleada o en paro, pero buscando trabajo activamente– sobre el total de la población. No es lo mismo que la tasa de empleo, que se refiere a las personas empleadas sobre el total de la población activa.

También se ha incrementado de forma significativa el número de ocupados sénior, con avances especialmente intensos en los tramos de 60 a 64 y de 65 a 69 años.

Trabajar más allá de los 55 años se ha convertido en una realidad estructural del mercado laboral español, como muestran de forma consistente los sucesivos mapas de talento sénior, publicados entre 2019 y 2025.

Este cambio se produce en un contexto demográfico muy concreto. España envejece con rapidez y lo hace, además, de manera progresivamente feminizada. El crecimiento de la actividad se produce en todas las cohortes sénior, pero especialmente en el colectivo de las mujeres.

Este proceso obliga a replantear la relación entre edad y trabajo. No se trata únicamente de alargar la vida laboral, sino de adaptar organizaciones, puestos y trayectorias profesionales a carreras más largas y menos lineales. El envejecimiento no es una anomalía del sistema productivo, sino el nuevo marco en el que este tiene que operar

Uno de los datos más llamativos del panorama actual es que hoy hay más séniores ocupados que jóvenes ocupados. La diferencia supera ampliamente el medio millón de personas y se ha ampliado de forma notable en apenas un lustro.

Este hecho suele alimentar interpretaciones simplistas basadas en una supuesta competencia entre generaciones. Sin embargo, el problema no es que trabajen más los mayores, sino que el mercado laboral español sigue mostrando dificultades estructurales para integrar a los jóvenes.

El reto no es redistribuir un número fijo de empleos por edad, sino mejorar la eficiencia del sistema para incorporar talento a lo largo de todo el ciclo vital.

Aunque España ha reducido la brecha en tasas de actividad sénior con algunos países de su entorno, continúa lejos de las cifras de economías como Suecia o Alemania, donde la participación laboral en edades avanzadas es claramente superior.

El principal punto débil sigue siendo el desempleo sénior. En términos absolutos, España presenta uno de los mayores volúmenes de personas mayores de 55 años en paro a pesar de contar con una población activa menor que otros países europeos.

Perder el empleo a edades avanzadas continúa siendo una antesala de la exclusión prolongada, y muchas veces sin vuelta atrás, del mercado de trabajo, una situación identificada como uno de los principales riesgos sociales asociados al envejecimiento laboral.

Otra de las grandes transformaciones del periodo analizado es el trabajo autónomo de los séniores. Más de un tercio de los autónomos en España ya están en ese grupo demográfico y existen casi cinco veces más autónomos mayores que jóvenes.

Para muchos profesionales, el autoempleo se ha convertido en una vía de continuidad laboral cuando el empleo asalariado deja de ser una opción viable. Además, el emprendimiento sénior presenta tasas de supervivencia superiores a las de otros tramos de edad gracias al valor acumulado de la experiencia, las redes profesionales y el conocimiento del mercado. En este sentido, la idea de tener una “segunda carrera” resulta clave para entender el potencial económico y social de estas trayectorias profesionales más largas.

Sin embargo, esta solución tiene límites evidentes. La mayoría de los autónomos sénior son autoempleados sin asalariados, lo que reduce su impacto en términos de productividad, crecimiento empresarial y generación de empleo. El autoempleo sénior es, al mismo tiempo, una oportunidad de inclusión y un síntoma de las carencias del mercado laboral. En esta línea, se deberían establecer políticas públicas que incentiven este emprendimiento.

El discurso empresarial en torno al talento sénior ha evolucionado de forma notable. Una amplia mayoría de responsables de recursos humanos afirma que la edad ya no es un impedimento para contratar. Sin embargo, una proporción significativa de empresas reconoce que no se plantea incorporar profesionales séniores en sus procesos de selección.

Las proyecciones para los próximos cinco años anticipan un nuevo aumento de la población mayor de 55 años. De ahí la paradoja de disponer de un volumen creciente de talento experimentado y, al mismo tiempo, no integrarlo plenamente en el sistema productivo. Este escenario plantea retos claros en tres niveles:

Para las propias personas, que deben asumir que una vida más larga exige, en muchos casos, trayectorias laborales también más extensas para garantizarse los recursos que sostengan su bienestar a lo largo de todo el ciclo vital.

Para las empresas, que están llamadas a replantear sus políticas de gestión de personas y a adaptar los modelos de carrera, la formación y la organización del trabajo a plantillas cada vez más diversas en edad.

Para las administraciones públicas, que deben ajustar sus políticas públicas a esta nueva realidad demográfica y laboral, dificultando la salida anticipada del mercado de trabajo, alineando los incentivos con la prolongación de la vida activa y avanzando en marcos regulatorios coherentes con los que ya aplican otros países europeos con mayores tasas de participación laboral en edades avanzadas.

El principal mensaje que deja este análisis es claro. El problema del talento sénior en España no es solo demográfico, sino empresarial, social y político. No faltan personas con capacidad y experiencia, faltan estructuras que sepan mantener a ese capital humano de forma eficaz y sostenible.

Pasar de la aceptación retórica del talento sénior a su incorporación real en el mercado de trabajo es una de las claves para la competitividad y la sostenibilidad del Estado del bienestar, y la cohesión social en los próximos años.

Iñaki Ortega, es doctor en economía; Rafael  Puyol, es doctor en geografía y Alfonso Jimenez, es doctor en psicología.

viernes, 20 de febrero de 2026

¿De verdad quieres ser CEO?

 (este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 19 de febrero de 2026)

Hay profesiones que triunfan. Como si se tratase del ancho del pantalón que se pone de moda y nadie sabe por qué. De la noche a la mañana hay que llevar pitillos cuando antes usamos pata de campana. El problema viene cuando todo el mundo quiere seguir esa tendencia. A muchos no les favorece embutirse en un pantalón dos tallas más pequeño o ir por la vida disfrazado de cantante de los Bee Gees. Pero como se pone de moda, todos nos empeñamos. Caiga quien caiga.

Algo así ha sucedido con ser CEO. Ahora todo el mundo es CEO o quiere serlo. Por supuesto que están los CEOs de las grandes empresas -aunque hasta hace poco les llamásemos consejeros delegados- pero es que también son muchos los que se definen como CEO de una pyme, aunque en ocasiones sea tan pequeña que sea un autoempleo. También aquellos que te contactan y firman como CEOs de compañías que ni siquiera se han creado y son solo un proyecto de empresa pintado en un archivo para levantar fondos o empezar a vender una idea.

Quizás la razón es que el término CEO es una sigla fácil de recordar o tal vez porque las empresas más grandes del planeta son americanas y allí se usa mucho. Seguro que ha influido que los CEOs conocidos tienen sueldos con muchos ceros. Da igual, la realidad es que todo el mundo quiere tener el cargo de CEO en la firma. Muchas veces -como con la ropa- tal cargo no te sienta bien porque te queda grande, te tira de la sisa o simplemente que no pega ni con cola con lo que realmente haces. Es decir que haces el ridículo al repartir tarjetas de visita con el rimbombante CEO impreso. Esa moda no te va y se nota.

Lo cierto y verdad es que no se puede luchar contra las tendencias cuando están tan arraigadas como esta. Todo el mundo quiere ser CEO y no me voy a empeñar en que se vuelva a términos más apropiados como por ejemplo gerente. Tampoco pretendo desterrar vocaciones empresariales basadas seguramente en que se ha idealizado la figura del CEO. Lo que sí quiero es que se sepa de verdad qué supone ser CEO en los tiempos que nos ha tocado vivir. Para que nadie se lleve a engaño. A partir de ahí, si aun así quieres seguir la moda y plantearte lo de CEO como objetivo vital, adelante.

Ser CEO es literalmente el que tiene la última responsabilidad en una empresa. Son las siglas de la expresión anglosajona chief executive officer, es decir la persona más comprometida con la empresa. Porque tiene que conseguir los objetivos de ventas, de satisfacción del cliente, de ahorro de costes o de financiación, por citar solo algunos de los cientos de indicadores de los que ha de responder un CEO.

Nunca fue fácil ser el primer ejecutivo de una empresa, la diferencia es que hasta hace poco los CEOs rendían cuentas a los dueños de la empresa, ahora han de convencer a los clientes y a los proveedores; a los empleados y a los inversores; a los sindicatos y a los políticos y por supuesto a cualquiera que no esté en ese grupo, pero pueda opinar en una red social. El perfil bajo en exposición pública ha dado paso a una exigencia social para que los CEOs se posicionen. Si un CEO no puede no saber leer un balance, tampoco puede descuidar su reputación. Todos los días a todas las horas.

Así es. Cuando todo el mundo quiere ser CEO, todo el mundo puede escrutar al CEO. Por el mero hecho de tener ese cargo los ciudadanos van a exigirte más que a nadie. Trabajar de sol a sol; ser el mayor experto de la industria en la que operes; simpático y asertivo todos los días de tu vida; tener el techo de cristal y la honestidad por bandera; jamás dudar y disfrutar de una inteligencia por encima de la media además de conocer la geopolítica como un diplomático y dominar los mercados de valores del planeta. Es lo mínimo que se le pedirá. Y aún así una catástrofe climática puede acabar con la empresa y tendrá que apechugar; cuando no una fatalidad imprevisible que le deje sin poder funcionar el tiempo suficiente para ya no poder levantar cabeza. Tú, como CEO, tendrás sino la culpa, la obligación de rendir cuentas y gestionar el desastre.

Claro que hay CEOs que les va bien y disfrutan de remuneraciones estratosféricas. Son los menos. O si se prefiere, la excepción que obnubila. E incluso en ese pequeño grupo de primeros espadas de grandes empresas con nóminas millonarias, la profesión de ser CEO se ha vuelto más dura que nunca. Algunos datos: la duración media en dicha posición se ha reducido radicalmente hasta convertirse en una silla caliente. Cinco años es el tiempo que se aguanta de CEO cuando antes eran décadas.

Los ceses o dimisiones en los primeros meses de mandato han aumentado exponencialmente, antaño se jubilaban como consejero delegado. Agotamiento psicológico, presión de los inversores por resultados insuficientes, obsolescencia ante las disrupciones tecnológicas, cotizaciones bursátiles planas o simplemente que una cámara en un concierto que te graba bailando con quien no debías, hace que se tenga que dejar el puesto. Estás avisado.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 16 de febrero de 2026

Ganar el relato

 (este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el 16 de febrero de 2026)


No importa la realidad, importa lo que parece. Los países, los partidos políticos, las empresas y también las personas estamos en ello. Da igual si mi vida es miserable, si en las redes sociales parece glamurosa. Poco importa que mi partido sea corrupto, mientras consiga trasladar que es el muro contra el fascismo. Empresas que hacen coincidir despidos de miles de trabajadores con anuncios de inversiones millonarias. Por no hablar de países con destinos turísticos infestados de visitantes que patrocinan espacios con audiencias globales en las que aparecen esas mismas localizaciones idílicas y solitarias.

Hay que ganar el relato. Imponer una narrativa -coincida o no con los hechos objetivos- para que la opinión pública la acepte como la verdad predominante. La expresión se ha hecho conocida a base de ser repetida por no pocos asesores políticos en tertulias y libros de bolsillo. Es el nuevo concepto comodín. Vale por supuesto para la política y los líderes del momento son los mejores ejemplos. Trump ha conseguido que se le identifique con la defensa del americano medio frente a las élites. Putin lucha por que vuelva la grandeza de la Gran Rusia ante las agresiones de siempre desde Occidente. Xi Jinping ahora es el adalid del multilateralismo, del libre comercio y de la globalización, logrando que hayamos olvidado que es un cruel dictador. Pero también sirve para conseguir ese ascenso que ansías: "tienes que venderte mejor" o arrasar con las zapatillas de última moda: "no eres nadie si no usas el calzado con el logo del momento". A pesar de que los gurús de la consultoría política hablen del relato como si hubieran descubierto la pólvora, el concepto es viejo, muy viejo y se pierde en la historia. Antes de que se inventara la escritura, la humanidad tenía la tradición oral, historias que se contaban de padres a hijos. Relatos siempre épicos, recordables y con enseñanzas para sobrevivir. Hasta que llegó la imprenta y pudo popularizarse la literatura, los juglares como cuentacuentos profesionales construyeron en la mente de los humanos de cada época un relato de su tiempo. De ahí a los exitosos libros de caballerías, viajes, guerras y aventuras que desde hace décadas son películas y en los últimos años series de televisión. Siempre historias que narran gestas memorables, igual que ahora nos devanamos los sesos para poner en redes sociales la mejor foto, el ocurrente comentario o el más original exabrupto para así conectar con la audiencia. Antes de que alguno empiece a hacerse cruces por la época en la que vivimos, que ya no se sabe si algo es verdad o mentira o que este relativismo acabará con nuestra civilización, es preciso recordar que siempre ha sido así. La épica del momento, esa pasión con la que nos tomamos cualquier asunto y la obsesión por defender nuestro punto de vista frente a los del otro, se pierde en los anales de la historia. La leyenda negra española o el carácter creativo de los italianos por no hablar de la superioridad en los negocios de los anglosajones son ejemplos inapelables de imposiciones de relatos. De hecho, el término que tanto usamos ahora, lo épico, proviene de la palabra griega epos, relato en nuestro idioma. Siempre como humanos hemos querido trasladar nuestra visión del mundo con historias que nos trascendieran. Por tanto, tranquilidad, que así seguimos.
Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

jueves, 12 de febrero de 2026

El realismo mágico nació en Venezuela

(este artículo se publicó originalmente en El Periódico de Cataluña el 8 de febrero de 2026)


Gracias a un colombiano universal como Gabriel García Márquez nos acostumbramos a dar carta de naturaleza a lo fantástico. Hablar con muertos, las lluvias de flores y levitar dejaron de sorprender al lector a lo largo de las páginas de sus libros. También la chilena Isabel Allende nos anestesió ante lo irreal, pues en sus novelas conviven espíritus con personas, sin que sean catalogadas como obras de ciencia ficción. El realismo mágico fue un regalo al mundo desde Latinoamérica, pero lo que no sabe apenas nadie es que el origen de este estilo literario reside en Venezuela. Un intelectual nacido en Caracas de nombre Arturo Uslar Pietri acuñó en 1948 el término para explicar esa convivencia natural entre lo cotidiano y lo imposible de la literatura de su país que no encajaba en los cánones europeos.

Han pasado casi 80 años desde entonces, pero su defensa de la excepción venezolana acuñando el término realismo mágico -que asumió toda la literatura latinoamericana posterior- sigue vigente. La diferencia es que ahora no hablamos de las letras americanas, hablamos de la política americana. Nada de lo que está pasando desde el 3 de enero en Venezuela encaja en los cánones europeos, al igual que en el siglo pasado cuando García Márquez y Allende empezaron a publicar. Nos frotamos los ojos ante la naturalidad con la que se están asumiendo hechos absolutamente fantasmagóricos. 

Delcy Rodríguez, presidenta encargada y hasta hace nada mano derecha del dictador bolivariano, recibe al director de la CIA, responsable de la operación que ha llevado al propio Nicolás Maduro a una prisión en Nueva York. El presidente de EEUU, Donald Trump, se deshace en elogios hacia Delcy, la misma que en los informes de la DEA aparece como sospechosa de lavar dinero del narcotráfico. Más realismo mágico. María Corina Machado, líder de la oposición que arrasó con su coalición en las elecciones de julio de 2024, entrega el Premio Nobel a Trump, que la ha ninguneado en favor de la íntima del dictador. Y José Luis Rodríguez Zapatero, por arte de birlibirloque, pasa en apenas unas horas de enero de defender a un dictador a apoyar a Delcy con el argumentario de EEUU, ese mismo país ante cuya bandera no quiso levantarse en el desfile en Madrid de la Fiesta Nacional en 2003.

La maravilla del realismo mágico era la convivencia de lo imposible con lo cotidiano. Por eso, después de haber dedicado las líneas anteriores a las fantasías que estamos viviendo, no puede perderse de vista la base de realismo con la que coexiste. Es real la política exterior de EEUU -y no imaginaria-, puesto que a finales del año pasado la Casa Blanca publicó un documento de 29 páginas con el título de Estrategia de Seguridad Nacional en el que se dejaba claro su derecho a intervenir en el continente. Tampoco fueron ciencia ficción, sino muy reales todos los ataques de la marina americana desde septiembre de 2025 a las narcolanchas venezolanas en el Caribe: hasta 42 bombardeos que causaron más de cien muertos entre los traficantes. Y es que nadie debería sorprenderse de que el petróleo sea el protagonista de la intervención americana en Venezuela y no la democracia: 27 veces pronunció Trump petróleo frente una única vez democracia en la rueda de prensa de explicación de la detención del dictador venezolano.

Por si fuera poco, tampoco es una ensoñación la obsesión de EEUU por su patio trasero. De hecho, es muy vieja y nadie debería sorprenderse. La famosa doctrina Monroe defendía ya en 1823 "America para los americanos". Unos años después, en 1904, el presidente Theodore Roosevelt añadió su nombre a la doctrina con su corolario conocido como el garrote por su papel de gendarme del hemisferio. Y durante todo el siglo pasado sus sucesores se lo tomaron muy en serio y no dejaron de intervenir en Chile, Argentina y hasta invadieron la isla caribeña de Granada y capturaron en 1989 al dictador panameño Manuel Antonio Noriega en su propio país. Richard Nixon, Henry Ford y Ronald Reagan dejaron su impronta en la doctrina Monroe como lo hizo Roosevelt y ahora quiere hacerlo Trump. Lo increíble es que alguien le sorprenda.

Por eso, esta tesis literaria tendría que estar escrita en el frontispicio de los parlamentos europeos. Para que abandonemos eso de "esto no puede pasar" por "preparémonos para lo que viene". Lo que ayer parecía una distopía o una aparición fantasmagórica de esas novelas de las que estamos hablando hoy es la base de la geopolítica. Venezuela ha sido la primera demostración, pero la siguiente es otro patio trasero de EEUU, aunque no hacia el sur sino hacia el oeste: Groenlandia. Y de nuevo pensamos que es pura fantasía que Trump aplique en la diplomacia internacional su praxis de empresario que puja por un objetivo. Realismo mágico otra vez. Pero más realismo que mágico. Porque no es la primera vez que USA compra un territorio. Florida, California, Alaska, Puerto Rico y Luisiana fueron objeto de transacción: Florida y Puerto Rico se compraron a España; California, a los mexicanos; Luisiana y Alaska se adquirieron a Francia y Rusia… todo ello hace apenas hace ciento y pico años.

La realpolitik es el petróleo, las tierras raras y la seguridad de las rutas, pero pronto China y la India reivindicarán, como ya lo lleva haciendo Rusia, incorporar sus demandas a la nueva geopolítica con el control de la ruta del mar Negro, la energía nuclear, el Himalaya y los chips de Taiwán.

El riesgo de este realismo mágico que nos ha tocado vivir no es que nos aniquile la capacidad de asombro. Sino precisamente lo contrario: que sigamos anestesiados en el antiguo orden. Que no levemos anclas de ese mundo de la posguerra con sus acuerdos de Bretton Woods que tanta prosperidad y tranquilidad nos trajeron a los europeos. Que olvidemos que muchos de los males de Europa del siglo pasado empezaron con una melodía muy similar a la que ahora escuchamos. Toca por tanto quitar el polvo de Cien años de soledad o volver a ver La casa de los espíritus si es que todavía está en alguna plataforma. Urge acostumbrarnos de nuevo a lo increíble para gestionar lo cotidiano como europeos.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

Made In Europe

(este artículo se publicó originalmente en la revista Business Insider el día 11 de febrero de 2026)


Europa tiene un territorio equivalente a China o Estados Unidos. Sin embargo, somos pares exclusivamente en hectáreas. Para serlo en empresas líderes con capacidad de innovación, necesitamos eliminar trabas y barreras que persisten como nos han recordado los recientes informes Letta y Draghi. Un mercado único en el que las empresas europeas gracias a tecnología propia y millones de clientes puedan tener el tamaño necesario para competir hoy en el mundo, de la mano de políticas públicas y legislaciones amistosas.

Los archiconocidos informes de los expolíticos italianos han concluido que el tamaño en Europa importa. Estoy seguro de que Marc Murtra piensa lo mismo a la luz de su estrategia desde que llegó a la presidencia de Telefónica. Estos días se ha conocido la venta de la operación de la teleco en Chile, antes fue la desinversión en Colombia, tras Argentina, Perú, Ecuador y Uruguay. La compañía ha avanzado de forma rápida en la ejecución de un plan que pasa por reducir su exposición en mercados no estratégicos para poner el foco en Europa y Brasil.

Al mismo tiempo la biblia de la economía de mercado, el Financial Times , acaba de adelantar que Telefónica está preparando con su socio en Reino Unido, Virgin Media 02, la compra de uno de los principales operadores de banda ancha en ese país. Telefónica busca de ese modo convertirse en una compañía con más ingresos, clientes y con la mayor ambición europea. En Bruselas estarán contentos, pero también en Paris.

Stéphane Séjourné, mano derecha de Emmanuel Macron, es el comisario francés vicepresidente de la Comisión y arquitecto del plan Made in Europe, quizás porque vivió en primera persona la precuela con el plan France 2030.  Made in Europe es una estrategia orientada a fomentar la reindustrialización, la soberanía económica y la sostenibilidad dentro del continente. Busca reducir la dependencia de proveedores extranjeros -especialmente China y Estados Unidos- y fortalecer la competitividad europea en sectores estratégicos mediante la producción local y por tanto con empresas que sean campeonas europeas.

Madrid también debería alegrarse, más allá de que aloje la sede de la compañía de bandera española, si se confirma la operación en el Reino Unido de Telefónica, sería la primera gran operación del actual presidente de Telefónica. Se encontraría otro racional a la venta de activos en Latinoamérica más allá del saneamiento de la empresa. Murtra demostraría no sólo que sabe vender sino también comprar empresas. De fondo, la necesidad de que la UE, con una empresa española, alcance esa autonomía estratégica que defiende Von der Layen, con campeones europeos en las principales áreas económicas y principalmente tecnología.  El plan de Murtra y del binomio Letta-Draghi empezaría a dar sus frutos, con un movimiento inteligente para ocupar espacio relevante en el mercado europeo.

Más allá del precio de la compra y de las incógnitas financieras de la operación  -cómo se pagará y si engordará o no la deuda de la joint venture británica- por no hablar de las complejas sinergias locales o los posibles remedios de competencia, es una buena operación y coherente. Hoy en día el activo más importante de las telecos es su red, y especialmente la de fibra por lo que desde el punto de vista estratégico parece un acierto.

No solo las empresas se benefician de ganar tamaño. China, Estados Unidos y ahora la India son naciones inmensas y por ello son también las principales economías del mundo. Con un mercado interior potente y un apoyo de sus gobiernos han sido capaces de liderar la producción mundial. Pero en este ranking podría estar Europa, si el gran tamaño geográfico del continente no tuviese fronteras para la economía y sus empresas. Unir mercados, eliminar burocracia y garantizar la efectiva libertad de circulación de mercancías, servicios, personas y capitales que consagran los sucesivos tratados europeos. El ejemplo de la fragmentación del mercado de las telecomunicaciones es usado como argumento en Bruselas para demostrar la debilidad de nuestra economía frente a la americana porque aquí compramos la tecnología y por tanto regalamos nuestros datos a Estados Unidos.

Con campeones locales podrían generarse todo un ecosistema de I+D y talento para no perder la carrera de la inteligencia artificial (IA). Grandes consorcios europeos de conocimiento y grandes proyectos de innovación transnacionales que nos permitirían competir con esas poderosas tecnoempresas que miran con desdén a esos 27 pequeños gobiernos europeos con sus respectivas y diminutas compañías de telecomunicaciones.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 9 de febrero de 2026

Enseñanzas de los ratones de laboratorio

(este artículo se publicó originalmente en el periódico económico La Información el día 9 de febrero de 2026)

El descubrimiento anunciado estos días por Mariano Barbacid es un hito en la lucha contra el temido cáncer de páncreas. Con su equipo del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) ha conseguido eliminar por completo y de forma duradera los tumores de páncreas más comunes en ratones. Barbacid ha diseñado una terapia combinada de tres fármacos para así evitar que el tumor se adapte y desarrolle resistencia, un problema común en las terapias actuales que provocaba la reaparición del cáncer con consecuencias mortales en la gran mayoría de las veces.

Inmediatamente cientos de familias se han dirigido al científico español para poder aplicar el tratamiento a enfermos de este cáncer. Barbacid se ha visto obligado a recordar que, aunque es un avance crucial, aún no se están realizando ensayos clínicos en humanos.

Se necesita tiempo y dinero para pasar del laboratorio a los hospitales. Este "valle de la muerte" por lo menos dura cinco años en el mejor de los casos con ensayos clínicos con decenas de humanos y con un coste de cientos de millones y que el propio investigador ha reconocido que supera con creces todo lo que dedica el CNIO a investigar cada año. Las donaciones privadas han comenzado casi al mismo tiempo con el objetivo de financiar la primera fase de los ensayos tasada en 30 millones de euros.

Los ratones son un regalo de la naturaleza para estas investigaciones. Con estos primos biológicos compartimos casi el 100% de nuestros genes. Esto significa que la mayoría de las enfermedades humanas tienen la misma causa genética en ambas especies. Además, como mamíferos, sus sistemas circulatorio, digestivo y endocrino funcionan de forma muy parecida a los nuestros. También un ratón vive menos de tres años, lo que permite observar el desarrollo de una enfermedad mortal desde el inicio hasta el final en pocos meses. Por último, son tan pequeños y comen tan poco que se facilita de una forma increíble la logística de las pruebas.

La ilusión de los primeros días ha traído el jarro de agua fría de la realidad. Las pruebas no implican aplicaciones inmediatas. Y para poner en práctica un fármaco que cure el cáncer de páncreas a todos los enfermos harán más de cinco años y miles de millones.

Las lecciones aprendidas tras la rueda de prensa de Barbacid son aplicables a la empresa y a la política. Y si los ratones se usan en la ciencia para extrapolar resultados, en la economía y en la demoscopia se recurre a modelos o pilotos. Un modelo es una descripción simplificada de la realidad que los economistas usamos para obtener modelos de conductas aplicables al conjunto de la población. Son pilotos o pruebas en entornos seguros que permiten testar nuevos productos o incluso nuevas estrategias políticas.

En Estados Unidos para la validación comercial de nuevos productos de consumo se recurre a la ciudad de Columbus. De hecho, es conocida como la test city. Es un buen espejo del país ya que su composición demográfica, niveles de ingresos y diversidad étnica son casi idénticos al promedio nacional. Si un producto funciona allí, las empresas asumen que funcionará en todo el país.

En España la "ciudad laboratorio" por excelencia para la validación comercial es Zaragoza. Es el ratón de laboratorio español porque su perfil de población (edad, clase social y hábitos de gasto) se ajusta casi perfectamente a la media nacional. Triunfar con la prueba en la capital del Ebro implica el éxito comercial en España.

Algo parecido pasa con las elecciones. Ohio es considerado en Estados Unidos el 'estado profeta'. Ya que como vota Ohio, vota después la nación. Durante gran parte del siglo, quien ganaba electoralmente en el estado de Ohio finalmente ganaba la Casa Blanca. Y por estos lares Aragón tiene fama de ser el oráculo electoral apoyado en series históricas como en Ohio, el partido que gana en Aragón termina durmiendo en La Moncloa. Básicamente por su mezcla de población urbana y rural, un reflejo casi perfecto del comportamiento electoral del país.

Los ratones demostraron que la penicilina curaba. Columbus y Zaragoza hicieron posible la penúltima hamburguesa de McDonalds o la crema más avanzada de L'Oréal respectivamente. Y Ohio y Aragón se usaron para las triunfantes campañas de Clinton o Aznar. Pero como los financieros saben "rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidad futuras".

En psicología industrial se habla del sesgo de inducción, o lo que es lo mismo, la tendencia humana a creer que el futuro será exactamente igual al pasado basándose únicamente en la repetición de experiencias. Es un atajo o trampa mental que los humanos aplicamos por pereza o simplemente para evitar tomar decisiones complejas que nos supondría analizar cientos de datos.

Y la enseñanza de los ratones y sus homólogos en la economía y la política es que no siempre aciertan. Los ratones fallaron con la leucemia que sigue sin curarse; la hamburguesa de algas o el café con sabor a cerveza no salieron de los límites de esas ciudades y ni Trump ni Feijóo fueron elegidos presidentes cuando ganaron respectivamente en Ohio en 2020 y Aragón en 2023.

Otro día analizaremos que ganar en las pruebas pilotos no sirven de nada si no se consiguen los recursos para llevar las mismas campañas políticas o comerciales al resto del país.

Cuidado, por tanto, con los experimentos, porque solo son eso y por mucho que los datos demuestren que pueden funcionar, la realidad es tozuda y no siempre sucede así. Solo queda por tanto aplicar la racionalidad y seguir probando y escalando hasta el día final y definitivo. Sin dar nada por hecho. Ni siquiera el resultado de ayer en las elecciones de Aragón.


Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC

lunes, 2 de febrero de 2026

Pivotar

(este artículo se publicó originalmente en el periódico 20 Minutos el día 2 de febrero de 2026)

Al que le guste el baloncesto lo entenderá a la primera, pero escribo estas primeras líneas para el resto. Pivotar es cuando un jugador con la pelota en la mano deja un pie quieto y mueve la otra pierna, hacia un lado u otro, para así buscar a un compañero que esté libre y darle un pase para que enceste. Es una técnica básica de este deporte de equipo y al mismo tiempo una metáfora muy poderosa para la vida.

Las carreras profesionales individualistas en las que se busca siempre avanzar dejando por el camino empresas, compañeros e incluso clientes no funcionan. Quizás en el corto plazo suponen algún éxito porque no atarte a nada o no tener escrúpulos te hace ir más rápido, pero más pronto que tarde te parará uno como tú. Por eso en el baloncesto más que correr hacia la canasta hay que pasar el balón a otro compañero. Y cuando éste ya no puede avanzar más, en ese momento, empieza a pivotar. Ancla un pie y el otro lo deja libre para cambiar de orientación en la marcha y así despistar a sus rivales.

La vida en una empresa exige colaboración, trabajo en equipo, siempre la suma es mayor que las partes por separado, aunque la matemática -y el ego- nos haga pensar otra cosa. Pero como en el deporte, en ocasiones ya no te puede ayudar nadie y tienes que tomar una decisión. Pivotar siempre es una opción buena en el baloncesto, pero también en el trabajo. Seguir siendo coherente a tus valores, a tus raíces, a tus estudios, no mudar tus principios por mucho que veas que no hay salida. Anclar tu pie, por tanto, no supone quedarte quieto, bloqueado, esperando que alguien resuelva tu parón profesional. No, de eso nada. Porque, por suerte, se inventó el pivotar. Es entonces cuando decides mirar hacia otro sector e incluso a otra ciudad o país. Y ahí no habrá nadie que te impida ir y el triunfo estará más cerca. Cambiar de dirección, para hacer las cosas de otra manera, es la clave del éxito como recordaba Einstein: "Si quieres diferentes resultados prueba a no hacer siempre lo mismo". Suele funcionar, eso sí, siempre que cambiar no te obligue a renunciar a tu moral o suponga atajos tramposos.

Lo que estoy contando vale para las personas y para las empresas y hasta para los países y la política. Las empresas no pueden pretender que una nueva estrategia de negocio sea contradictoria a la cultura que le da sentido a la compañía: las acciones no pueden ir en contra de la personalidad. Empresas que traicionan su cultura por ganar más dinero acaban cerrando. Exactamente igual que los países que por congraciarse con el poderoso de turno abdican de su historia. O qué decir de los líderes políticos que por continuar en el machito desertan de los principios de su partido y lo que es peor se alejan de sus votantes.

El reglamento en el baloncesto es taxativo: si no pivotas y mueves los dos pies con la pelota en la mano, te pitan falta. Qué pena que no exista una norma de obligado cumplimiento exactamente igual para la vida.

Iñaki Ortega es doctor en economía en UNIR y LLYC